sábado, 26 de mayo de 2018

[A VUELAPLUMA] Mayo del 68 visto a los 72





¡Ah, Mayo del 68!... Así, con mayúsculas. Con toda la carga mítica que ese fecha conlleva para los que en ese mayo teníamos veinte y pocos años... Yo lo viví en Las Palmas (Canarias), con un año de casado y esperando mi primer hijo, pero con el corazón en París, capital de esa Francia que tanto amo, recién terminados mis estudios en la Escuela Social de Madrid, donde la efervescencia ya se hacía notar desde el 65. Asistí emocionado, por televisión, a las algaradas de los universitarios en París, Berkely, y medio mundo occidental; a los eslóganes de "bajo los adoquines está la playa" o ese otro de "sed realistas, pedid lo imposible", a la foto de la muchacha sobre los hombros de su compañero ondeando la bandera del Vietcong, que ha quedado como imagen incónica de Mayo del 68... Pero lo que más me impresionó, aunque no me lo crean, fue la "huida", ¿se la podía calificar de otro modo en aquellos días?, del presidente De Gaulle a Alemania en el momento álgido de las algaradas estudiantiles...

Sobre ese mítico año escriben sendos artículos en El País y El Mundo los profesores Fernando Savater, catedrático de Ética en la Universidad del País Vasco, y José Luis Rodriguez García, catedrático de Filosofía en la Universidad de Zaragoza. Se los recomiendo encarecidamente a todos los que, como un servidor de ustedes anda ahora por los 72. Les dejo con ellos

¿Cómo se ve mayo del 68 con setenta y pocos años...?, se pregunta el filósofo Fernando Savater en El País. Las agitaciones del 68 no transformaron el mundo, sino que fueron el síntoma indudable de que el mundo ya había cambiado. Desatascaron lo rígido y autoritario que frenaba una mutación social, tecnológica y económica de escala casi planetaria: “Mujeres y hombres que no están comprometidos con ningún bando, con nada salvo con tratar de vivir, han quitado adoquines y arado la tierra de abajo. Cultivan debajo de cambiantes ruinas combatiendo cosas infernales y sueños salvajes. Han construido escuelas en salitas de estar para sus críos, en pueblecillos de una o dos calles. Han mantenido las barricadas”, escribe China Miéville en Los últimos días de Nueva París. 

El 31 de diciembre de 1967, en su discurso de fin de año, el general De Gaulle auguró: “Saludo con serenidad este año 1968”. Pero esa serenidad fue difícil de mantener, la verdad. El año vino cargado con una sobredosis de acontecimientos casi mágicos, aunque algunos de magia blanca —ilusionismo, más bien— y otros de magia negra. La guerra de Vietnam alcanzó el máximo registrado de bajas norteamericanas; fueron asesinados Martin Luther King y Robert Kennedy; el Apolo 8 fue la primera misión tripulada en salir de la órbita terrestre y llegar hasta la órbita lunar (se vio por primera vez el lado oculto de la Luna); en Praga se disfrutó de una primavera política que los tanques rusos agostaron brutalmente luego; Guinea se independiza de España...

A escala más personal, me acuerdo del triunfo de Massiel en Eurovisión tras la polémica sobre si "La, la, la" era catalán o castellano; los primeros crímenes de ETA; la inauguración en San Sebastián de la librería Lagun que tan importante habría de ser en mi vida, y, también en mi ciudad, la aparición de grandes estandartes con cruces gamadas en la Avenida (entonces “de España” y luego “de la Libertad”, que en el País Vasco significan lo mismo) porque rodaban La batalla de Inglaterra y Donosti fue por un rato Berlín bajo los bombardeos aliados... Lo más mágico en mi memoria, el triunfo contra todo pronóstico lógico de Tebas en el Gran Premio de Madrid, llevando veinte kilos más de los que le correspondían oficialmente para que pudiese montarle su propietario y entrenador, el incomparable duque de Alburquerque.

Pero indudablemente mencionar el año 68 significa para la mayoría el mes de mayo, la ciudad de París y los estudiantes sublevados. Aunque la verdad es que hubo revueltas estudiantiles también el resto de los meses, en California y en Tokio, en Alemania o España tanto como en Italia, Polonia y México. Los rebeldes se enfrentaron a situaciones políticas muy distintas, democráticas o dictatoriales, corriendo también riesgos nada comparables: contusiones en París y Roma, condenas a años de cárcel en Madrid o Varsovia, tiroteos asesinos en Tlatelolco...

Abundan las crónicas que ofrecen una panorámica global del año famoso (una muy completa es la de Ramón González Férriz, editada por Debate). Se ha dicho hasta el hartazgo, con arrobo utópico o con malicia escéptica, que su pretensión era cambiar el mundo, algo excesivamente ambicioso para unos muchachos o quizá superfluo, porque el mundo cambia constantemente aunque no siempre para bien. Los que concluyen que no cambió nada y los que sostienen que ya nada fue igual deberían recordar la sabia respuesta del primer ministro chino Chu En-lai cuando le preguntaron si en su opinión la Revolución Francesa había tenido consecuencias positivas: “Aún es pronto para decirlo”.

A mí me parece que las agitaciones del 68 no transformaron el mundo sino que fueron el síntoma indudable de que el mundo ya había cambiado. Más que revolucionarlo todo, sirvieron para desatascar lo rígido y autoritario que frenaba una mutación social, tecnológica y económica de escala casi planetaria. Sin duda tuvieron mucho de ideología convencional pero también un toque nuevo, característico, que iba más allá de la consabida problemática de la izquierda contra la derecha. El campo de batalla que inauguró el 68 (al menos en los países como Francia, que ya disfrutaban de democracia) fue la transformación de la vida cotidiana. Lo que se exigía no era un cambio en el Gobierno sino un cambio en la forma de vivir, en el trabajo, en el sexo, en la enseñanza, en la diversión... Eso se ve sobre todo en las pintadas en las paredes del Barrio Latino, los célebres grafitis. Algunos se han repetido tanto que ya resultan empalagosos, como pasa con coplas y refranes anónimos de la inventiva popular, pero apuntan a cuestiones que los revolucionarios convencionales descuidan: no a la toma del Palacio de Invierno, sino a la ventilación del dormitorio, el despacho y el aula en que transcurre la mayor parte de nuestra vida. “Prohibido prohibir”, “Amaos los unos sobre los otros”, “Bajo los adoquines está la playa”... pero no “Abajo el capitalismo” o “Viva la guillotina”. En esos lemas aparece el desterrado de las grandes revoluciones y de sus adversarios, tipo Raymond Aron: el humor, a veces sutil y otras meramente chusco. Nadie carente de humor debería hoy escribir ni a favor ni en contra de Mayo...

Por eso las referencias bibliográficas más ilustrativas sobre ese movimiento (que no conocían más que una minoría) no son los textos revolucionarios canónicos, sino obras marginales como los escritos sobre la vida cotidiana de Henri Lefebvre o Eros y civilización de Herbert Marcuse. En este último libro, a mi juicio el más interesante de su autor, influyó decisivamente un clásico de finales del siglo XVIII que yo recomendaría a quienes quieran ir más allá de los tópicos: Cartas sobre la educación estética de la humanidad, de Friedrich Schiller (hay nueva y excelente traducción de Eduardo Gil Bera en Acantilado). Ahí podemos aprender que “la fórmula victoriosa se halla a la misma distancia de la uniformidad que de la confusión” y que “el hombre sólo juega cuando es humano en la acepción plena del término y sólo es plenamente humano cuando juega”.

Para quienes adquirimos nuestra conciencia política individualista, hedonista y lúdica (también ingenua) en aquellos días, la mejor noticia fue que se podía ser progresista sin carnet del partido comunista o similares. Hoy veo que la ventaja que tenemos quienes nunca fuimos comunistas es que no necesitamos ahora perder energías en aspavientos derechistas para probar que ya no lo somos. Por cierto, algunos tratan de ridiculizar el progresismo diciendo que busca el paraíso en la tierra. Eso sí que es una ridiculez: el progresista sabe que nacemos rodeados de males y que moriremos rodeados de males también, pero aspira a que los males del final no sean los mismos o peores que los del principio.

Cuando se pregunta “¿qué queda del 68?” sólo se me ocurre responder que quedamos algunos, muchos menos ya desde luego que quienes lo invocan o lo maldicen. Y en cada uno de nosotros tuvo efectos distintos: tampoco la Virgen hace siempre milagros y cura a todos los que van a Lourdes. De los votos pintados en los muros de París aquel Mayo lejano, mi preferido (después del encomiable y poco respetuoso “Sartre, sé breve”) es este: “No quiero morir idiota”. Yo estoy casi a punto de conseguirlo, pero compruebo con pena que muchos de mi edad y sobre todo más jóvenes han dejado prematuramente de intentarlo. Hasta aquí, Savater.

Por su parte, José Luis Rodríguez García escribe al respecto: He de comenzar recordando algo que me parece incontestable: y es que el Mayo del 68 resultó ser tan solo la expresión simbólica de una serie de agrupamientos multitudinarios que no deben reducirse a la Francia convulsa del segundo lustro de los 60. 

Lo sabemos... Las circulaciones políticas y sociales habían comenzado a ser convulsionadas por motivos diferenciados: podemos recordar las algaradas de las universidades americanas -muy especialmente Berkeley-, el fortalecimiento de la lucha antiimperialista que fermenta en las universidades alemanas, el reforzamiento de las exigencias obreristas en Italia, los incipientes movimientos en los países del denominado con un sorprendente oxímoron "socialismo de rostro humano" o las pretensiones internacionalistas del proceso revolucionario cobijadas bajo la inspiración guevarista. 

Cada una de estas referencias contribuye a la transformación de lo que constatamos en la década de los 60. Nada volvería a ser lo que era, es cierto. Pero fueron los años 60, no Mayo-68. ¿Mayo del 68, París? Sabemos que confluyeron entonces, ahí, en la sorprendente ciudad de Baudelaire, las ansias multiplicadas de exigencias diversas. Morin lo certificaba con bastante gracia en un artículo que tituló La comuna estudiantil y en cuyas primeras líneas intentaba incorporar al extraño campus de Nanterre-La Folie los agrietamientos producidos en Polonia, Alemania, Italia, Inglaterra, Estados Unidos, y añadiendo, para alimentar nuestro falso orgullo, España -como si entonces estuviéramos con las manos en una masa tan complicada-. 

Lo cierto es que París, Mayo-68, se convirtió en un significante político y social que comenzó a circular sin control alguno -algo así, como el 14 de Julio o el 14 de Abril, fechas emblemáticas que no requieren comentario alguno-. Y no es menos cierto que muchos de nosotros, nacidos a finales de los 40, nos inoculamos el virus del significante Mayo-68. El admirable Nizan, en esa especie de novelado repaso a la fragilidad filosófica de su patria que es Aden Arabia, comenzaba el texto confesando que "yo tenía veinte años. No permitiré que nadie diga que es la edad más bella de la vida". Lo siento, amigo Paul, para muchos de nosotros era la edad más bella de la vida.

Y nos encontrábamos convenientemente pertrechados. No nos importaban las noticias de la televisión, suponíamos la posibilidad de una rebelión contra los poderes soñando en la aparición del viejo topo... Nizan, amigo, aquello era hermoso... Sartre, decadente y enmarcado, aunque no entendiera nada, se reunía con maoístas y otros... Aquello le agradaba: dedicaba sus noches o amaneceres a redactar los últimos capítulos de su inmensa flaubertiana mientras compensaba sus trabajos con veladas alcohólicas, atrevido como siempre: produce cierto sonrojo considerar hoy el diálogo que mantiene con Cohn-Bendit en Le Nouvel Observateur del 20 de mayo repleto de lugares comunes y de convocatorias al triunfo final. Malraux, por su parte, alejado y sereno, olímpico, curtido en derrotas victoriosas, esperaba... Confesaría Blanchot que también él andaba por ahí -buscando a Foucault-. Aron relata aquellos días en sus Memorias...: la lectura de algunas páginas, más allá de su tono decididamente crítico, revela la importancia de lo que sucedió a lo largo de los enrabietados días de mayo: "Finalmente", escribe el zarandeado Aron, blanco de las críticas de unos y otros, "fuera de los tumultos, a menudo un clima de alegría, de fiesta". 

El imaginario Mayo-68 abducía. Era hermoso. Nos liberábamos del Poder. ¿Oposición? Tan apenas se escucha la voz airada de Pasolini, provocador y acerado como siempre, quien se atreve a publicar un diabólico poema que levantará ampollas: "Llegáis con retraso, hijos (...) Tenéis caras de hijos de papá./ Os odio como a vuestros padres./ Buena raza no miente./ Tenéis la misma mala mirada".

Pero abajo, en las cloacas sociales, donde en verdad actúa la simpatía, comenzaba a funcionar el mecano del estupor. Nada era cierto, el significante Mayo-68 era una defensa para facilitar la supervivencia de quienes éramos frágiles e incautos. Recuerdo ahora mismo una noche en un cine al final de Rosales, en Madrid. Con alguien... No sé qué película vimos... Recuerdo la emoción al abandonar la pequeña sala. Acaso fuera una invención de Bertolucci o Bellochio. Éramos esta subjetividad inmolada al significante Mayo-68, pero comenzábamos a interiorizar que nuestro combate nació antes de tiempo.

Me he preguntado desde hace años, y esta apreciación es estéril, cuándo pudo iniciarse para muchos de nosotros el derribamiento del significante Mayo-68. No lo sé porque la conciencia del tiempo es absurda y, por otra parte, como sugería el amadísimo Borges, traicionera. Acaso fuera cuando releí al asesinado Goldman, cuando tuve noticias de la deriva de la Baader-Meinhoff y me entristeció la mala suerte de Ensslin, su inspiradora intelectual, suicidada en la celda de la cárcel de Stammheim en octubre del 77, quizás cuando descubrí la decisión de Debord, quien puso final a su vida en noviembre del 94... Y, desde luego, cuando constaté que los inspiradores y líderes del imaginario Mayo-68 se habían vendido por un puesto de prefecto, de directora de una ONG o de mierdoso interventor en el Parlamento Europeo. El desastre...

Ni revolución (Mao), ni liberación de la unidimensionalidad de la sociedad capitalista (Marcuse), ni superación de los antagonismos de clase (Marx): las tres M quedaron postergadas, telegramas de urgencia para los enfermos que padecieron el mal del ensueño. Glucksmann había soñado en su opúsculo sobre la estrategia revolucionaria con un incendio que lo arrasara todo en Europa, desde Moscú hasta Lisboa: en fin, tuvimos que conformarnos con encender la candela.

¿Qué ha quedado, qué rastros nos indican que algo sucedió? Muchos documentos, es cierto. Los textos vergonzantes de esos dos colosos de barro que fueron Rochet y Marchais, disparatando sobre los peligros del izquierdismo, octavillas anunciando la revolución de mañana, las llamadas a la unión obreros-estudiantes convocada un día sí y otro también por el PCM-L de Francia, autodenominado "el único partido comunista verdadero", la alegría confiada de las notas del Movimiento 22 de marzo, los delirios de los Comités de acción... 

Nadie alquiló un lugar para siempre: esos lugares políticos desaparecieron y los protagonistas supervivientes decidieron que era mejor mercadear. Poco años más tarde, el genial tándem Tanner-Berger narrarían la nostalgia de esta desolación en Jonás, que cumplirá 25 años...: Max y Marco, dos de sus protagonistas, observan con distancia su pasado, cuando ellos eran otros... ¿Que ha quedado algo más? Sí, claro está, lo intangible... El habla sutil de las paredes: "Dios: sospecho que eres un intelectual de izquierdas", se leía en el liceo Condorcet. Y en la Sorbona: "Profesores, ustedes nos hacen envejecer". Y mil más... El tiempo ha borrado los rastros políticos... El tiempo ha borrado las consignas y grafitis callejeros. La política se ha encanallecido y las pintadas ya sólo están en los libros. Acaso podría señalarse algo más: vuelvo a los dibujos del patafísico Siné, a la despiadada crítica de sus viñetas... Sí, el Mayo francés impulsaría un nuevo periodismo, ácido, afilado, inmisericorde, del que Libération, fundado en el 73, y el hoy conocido como Charlie Hebdo, heredero del Hara-Kiri, publicado entre el 69 y el 81, son sus muestras más relevantes. ¿Poca cosa? Es posible. Acaso tan sólo anécdotas... Pero no somos otra cosa: acopio de anécdotas que bien pudieron no suceder. El significante Mayo-68 ya está vacío: pero es que las ilusiones se desvanecen en el aire, tarde o temprano. El viejo topo decidió tumbarse a dormir. Acaso haya muerto. Quizás entonces ya estaba muerto y no lo sabíamos...






Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt




HArendt






Entrada núm. 4455
elblogdeharendt@gmail.com
La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

viernes, 25 de mayo de 2018

[HUMOR EN CÁPSULAS] Para hoy viernes, 25 de mayo





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Pero también como la actividad profesional que busca la diversión del público mediante chistes, imitaciones, parodias u otros medios. Yo, que no soy humorista, me quedo con la primera acepción, así que en la medida de lo posible iré subiendo al blog las viñetas de mis dibujantes favoritos en Canarias7, El Mundo, El País y La Provincia-Diario de Las Palmas. Disfruten de ellas. 







Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt




HArendt






Entrada núm. 4454
elblogdeharendt@gmail.com
La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

jueves, 24 de mayo de 2018

[DE LIBROS Y LECTURAS] La baza del lector





Los escritores, consagrados o no, harían bien en asistir de vez en cuando a los clubes de lectura, no como de costumbre a perorar de lo suyo, sino a escuchar, calladitos en un rincón, los comentarios razonados de los lectores y, de paso, a tomar nota de cómo estos diseccionan, analizan, sufren o disfrutan los textos que otros escribieron, comenta en el diario El Mundo el escritor Fernando Aramburu.

Tampoco estaría de más, continúa diciendo, que acompañasen a los escritores los críticos de oficio para que tratasen asimismo de entender la manera como los destinatarios naturales de los libros se enfrentan a estos con determinadas expectativas, criterios dispares de interpretación y hábitos de lectura que no son en modo alguno desdeñables, aunque esta clase de opinantes acaso no se exprese con terminología académica. 

Abrigo el presentimiento de que escritores y críticos obtendrían de las reflexiones en voz alta de los lectores provecho abundante para sus respectivos trabajos.A veces son tales las divergencias de gusto e interpretación que uno está tentado de pensar que los participantes en el debate no han leído el mismo libro. Idénticas palabras en idéntico orden suscitan reacciones a menudo opuestas. Es cosa común que un lector se haya entusiasmado con lo que un segundo aborreció y a otro más allá le causó indiferencia. Bien examinado, todos tienen razón, claro que cada uno conforme a su perspectiva particular, lo mismo el que se aprestó a la relectura inmediata por el afán de repetir un placer que el que, irritado o aburrido, no logró sobrepasar las primeras veinte páginas.

Ciertas aserciones lanzadas con tirachinas bucal, si no vienen acompañadas de argumentación, son irrebatibles, como no ignora el ventajista de pro, y se pueden aplicar con mejor o peor puntería a cualquier escrito sin excluir las obras maestras. Así, por ejemplo, tildar de cursi un poema o afirmar, a la manera de quien revienta cohetes, que una novela, no importa cuál, es maniquea; sus personajes son planos y el número de sus páginas, excesivo. Estos veredictos de goma lo mismo valen para un criminal que para un santo. Claro que si la rueda de contertulios secunda en masa o calla corroborante, la sentencia sin apoyo de pruebas, pelada de razones, sentará al menos por una tarde jurisprudencia literaria.

Al margen de como se redacte y se presente, un texto no es nada mientras sus múltiples componentes no sean desentrañados en mentes lúcidas. La sustancia narrativa de una novela no está por así decir encerrada en las hojas de un libro ni en la pantalla de un dispositivo de lectura, sino gracias a estos artilugios en la conciencia donde dicho texto activa su significación y se expone a ser traducido a emociones. La lectura no consiste, pues, tan sólo en un acto de desciframiento. También es, inevitablemente, experiencia subjetiva a partir de un conjunto de estímulos.

He visto denigrar una obra de ficción, no mal escrita a mi entender, porque el protagonista estaba caracterizado con rasgos repulsivos. Era un tipo que mortificaba a la esposa, golpeaba a los hijos. Luego el desenlace no le deparaba castigo alguno. A mí, en viejos tiempos, metido en peleas dialécticas, me sacaba de quicio la sentimentalización de la lectura. Un día comprendí que esta variante de la repercusión literaria no sólo es lícita y provechosa e intensa y placentera, sino que los libros me dejaban mayor huella cuando incurría en la ilusión de creérmelos en vez de dedicar esfuerzo intelectual a confundir la lectura con la autopsia de la lengua, el estilo y la estructura.

Me faltan dedos en las manos para contar las veces que a un contertulio se le hincharon las venas del cuello porque el autor de la obra comentada era de derechas o era de izquierdas, porque el libro rebasaba las setecientas páginas de letra diminuta o porque el desenlace de la historia no era el deseado. En vano exploraremos el ancho mundo en busca de un lector objetivo.

No existen lecturas de calidad que merezcan el calificativo de neutrales. Cada cual acude a los libros con su experiencia vital, su conocimiento de los asuntos humanos, sus gustos y predilecciones, sus dudas y certezas, sus manías y convencimientos. Una lectura implica un reflejo de signos en una superficie de subjetividad, en la cual también incide un haz de connotaciones, prejuicios y cualesquiera adherencias personales que se nos ocurran. Como nos caiga mal un autor, ya podrá hacer maravillas literarias que no nos arrancará un elogio ni aunque nos lo suplique de rodillas.

Pensemos en un enunciado sencillo: El gato se lamía la pata. Dudo que oponga resistencia intelectiva al lector adulto conocedor de la lengua española. Si un instrumento apto para dar forma gráfica a los contenidos del cerebro humano nos permitiera observar el gato imaginado por mil lectores de la frase en cuestión, no encontraríamos dos felinos iguales. Veríamos gatos de todas las razas y colores en escenarios que cada lector habría evocado a voluntad o quizá impelido por alguna fuerza oculta de su subconsciente.

La pantalla interior donde se proyecta el sentido otorgado por los lectores a un sistema de signos también varía en uno mismo con el curso de los años. Alberto Manguel atribuye acertadamente una propiedad acumulativa al ejercicio de la lectura. Uno lee condicionado por lo que ha leído con anterioridad. Juzgo improbable que el lector que éramos a los quince años continúe dictándonos nuestros gustos, intereses y preferencias al cabo de las décadas. Ya no es sólo que hayamos cambiado como personas, ganando en experiencia lo que acaso perdemos en salud, sino que unos libros nos llevan por fuerza a otros y unos libros anulan a otros, o los iluminan por flancos hasta entonces desconocidos, o estimulan en nosotros la formación de un paladar literario del cual antes carecíamos.

Para comprobarlo no hay como practicar la relectura. El libro aquel que antaño fue para nosotros de cabecera, el que ojeábamos una y otra vez con la convicción del deleite seguro, hoy nos parece punto menos que una muestra de escritura insustancial y casi nos da vergüenza confesar en el corro de contertulios que un día lo tuvimos por lo más grande que habían dado hasta la fecha las letras universales. ¿A qué lector asiduo no le ha sucedido que halle de pronto gusto en la novela que tiempo atrás lo aburrió a muerte o se emocione con los versos de aquel poeta al que de joven no lograba sacar jugo? Me da a mí que al escritor, para mejorar, para no sucumbir al craso error de creer que ya lo sabe todo, le convendría conocer a fondo las maneras innumerables como los libros llegan a repercutir en la dimensión íntima de quienes los leen. Igual de válido es el consejo para aquellos que tienen por oficio el juicio crítico.



Dibujo de Gabriel Sanz para El Mundo


Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt




HArendt





Entrada núm. 4453
elblogdeharendt@gmail.com
La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

miércoles, 23 de mayo de 2018

[A VUELAPLUMA] Noticias falsas y libertad de expresión






El combate contra la falsedad solo puede librarse en un entorno de pluralismo garantizado porque la clave es el conflicto de distintas versiones, no la imposición de una “descripción correcta” de la realidad, afirma en El País el profesor Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política en la Universidad del País Vasco. 

Las tecnologías posibilitan ciertas cosas y nos desprotegen frente a otras, comienza diciendo. La pretensión de la Unión Europea y de algunos Gobiernos de controlar las noticias falsas tiene su origen en esa ambivalencia que caracteriza a las nuevas posibilidades de difusión de la opinión, su facilidad, inmediatez y falta de control. Nuestros espacios públicos, poco articulados por ideologías de referencia y débilmente institucionalizados, son vulnerables a la difusión de cualquier bulo e incluso a la interferencia en los procesos electorales.

Lo primero que me llama la atención en toda esta épica de combate contra la posverdad y los hechos alternativos es el cambio cultural que implica. En muy poco tiempo hemos pasado de celebrar la “inteligencia distribuida” de la Red a temer la manipulación de unos pocos; de un mundo construido por voluntarios a otro poblado por haters; de celebrar las posibilidades de colaboración digital a la paranoia conspirativa; de la admiración por los hackers a la condena de los trolls; de la utopía de los usuarios creativos a la explicación de nuestros fracasos electorales por la intromisión de poderes extraños (más creíble cuanto más rusa sea dicha intromisión).

Es muy saludable que, a la vista de lo fácil que es mentir y difundir estas mentiras, haya surgido un tipo de periodistas que se encargan de verificar las afirmaciones de los políticos en lo que estas tienen de datos comprobables. Para que el debate público sea de calidad no basta con que los hechos referidos sean ciertos, pero podemos estar seguros de que si esas referencias son completamente falsas no tendremos una verdadera discusión democrática.

Por supuesto que hay mentiras flagrantes y mentirosos compulsivos, que merecen ser combatidos con todos los instrumentos periodísticos y jurídicos a nuestro alcance. Me preocupa, además, una degradación más sutil de la vida política propiciada por los enemigos de la retórica (que siempre se justifican porque los mentirosos se sirven de ella). Me refiero al modo como entendemos nuestras relaciones con la realidad y el lugar que ocupan la verdad y la mentira en la vida política. Nuestra relación con la verdad —especialmente en la vida política— es menos simple de lo que quisieran los que la conciben como un conjunto de hechos incontrovertibles. No vivimos en un mundo de evidencias, sino en medio del desconocimiento, el saber provisional, las decisiones arriesgadas y las apuestas. La verdad no es lo mismo que la objetividad y la exactitud. Casi nada de lo que decimos o sentimos es “chequeable”. Además, como la vida misma, también la política posee una dimensión emocional y nuestras emociones —aunque las haya más o menos razonables, mejor o peor informadas— tienen una relación muy indirecta con la objetividad. ¿En qué quedaría el oficio político si no pudiera recurrirse a esa exageración retórica sin la que es imposible movilizar a nadie? El lenguaje político es más prescripción que análisis. La política no es algo que se resuelva con la objetividad, o solo en una pequeña parte.

Quienes, alarmados por las fake news, quieren garantizar la objetividad dan a entender que la verdad es lo normal y no más bien la excepción. El mundo es un conjunto de opiniones generalmente con poco fundamento, donde discurren con libertad muchas extravagancias, se aventuran hipótesis con ligereza, se simula y aparenta. Por supuesto que las medias verdades pueden llegar a ser mentiras completas e incluso un asunto criminal, pero lo habitual es que no podamos perseguir todas las mentiras y, sobre todo, que tenemos la amarga experiencia de que muchas veces, al hacerlo, nos hemos llevado por delante otras cosas muy estimables. No protegeríamos tanto la libertad de expresión o de conciencia si no fuera porque hemos conocido los males que se siguen de su excesivo condicionamiento. En una sociedad avanzada el amor a la verdad es menor que el temor a los administradores de la verdad.

Hay otro efecto lateral del modo como se plantea este combate contra la mentira al sugerir un mundo más dócil de lo que realmente es y dar una imagen exagerada de tres poderes que son más limitados de lo que suponen: el de los conspiradores, el del Estado y el de los expertos. Por supuesto que hay gente conspirando, pero esto no quiere decir que se salgan siempre con la suya, entre otras cosas porque conspiradores hay muchos y generalmente con pretensiones diferentes, que rivalizan entre sí y que de alguna manera se neutralizan. Sugiere también que el Estado tiene una gran autoridad a la hora de limitar legítimamente el poder de la mentira, algo que sin duda podemos en una medida mucho menor de lo que creemos. Y da a entender que nuestras controversias pueden arreglarse recurriendo a algún tipo de autoridad epistémica que las zanje definitivamente, como los expertos, los técnicos o cualquier supuesto administrador de la exactitud, algo que afortunadamente ocurre pocas veces y que es poco democrático.

¿Quiere esto decir entonces que hemos de rendirnos ante la fuerza injusta de la mentira? Estoy tratando de sostener que en una democracia el combate contra la falsedad solo puede llevarse a cabo en un entorno de pluralismo garantizado. John Stuart Mill, uno de los grandes teóricos de la democracia en versión aristocrática, conjeturaba que si se sometiera el sistema newtoniano al voto de una asamblea democrática en la que hubiera un buen retórico defendiendo el sistema ptolemaico, no podríamos excluir que este último ganara la votación. Pero el transfondo de esta broma era una defensa del elitismo político que hoy nos resultaría inaceptable. Una democracia es un sistema de organización de la sociedad que no está especialmente interesado en que resplandezca la verdad sino en beneficiarse de la libertad de opinar. La democracia es un conflicto de interpretaciones y no una lucha para que se imponga una “descripción correcta” de la realidad.

Una cierta debilidad de la democracia ante los manipuladores es el precio que hemos de pagar para proteger esa libertad que consiste en que nadie pueda agredirnos con una objetividad incontestable, que cualquier debate se pueda reabrir y que nuestras instituciones no se anquilosen. Por supuesto que hay límites para la libertad de expresión, que no todo son opiniones inocentes y que hay mentiras que matan. No hace falta dejarse seducir por los encantos de esa posmodernidad banal que todo lo relativiza para entender en qué sentido podía afirmar Rorty que el valor de la democracia era superior al de la verdad. No convirtamos la guerra contra las fake news en un conflicto nuclear, limitemos bien el campo de batalla, establezcamos una regulación sobria, eficaz y garantista de cuanto pueda ser regulado, pero sobre todo protejámonos de los instrumentos a través de los cuales pretendemos protegernos frente a la mentira. La democracia tiene que defenderse más de los poderes propios que de los extraños.



Dibujo de Eva Vázquez para El País



Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt




HArendt






Entrada núm. 4452
elblogdeharendt@gmail.com
La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

martes, 22 de mayo de 2018

[HUMOR EN CÁPSULAS] Para hoy martes, 22 de mayo





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Pero también como la actividad profesional que busca la diversión del público mediante chistes, imitaciones, parodias u otros medios. Yo, que no soy humorista, me quedo con la primera acepción, así que en la medida de lo posible iré subiendo al blog las viñetas de mis dibujantes favoritos en Canarias7, El Mundo, El País y La Provincia-Diario de Las Palmas. Disfruten de ellas. 






Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt




HArendt






Entrada núm. 4451
elblogdeharendt@gmail.com
La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)