viernes, 24 de marzo de 2017

[Galdós en su salsa] Hoy, con "O'Donnell"



Estatua de Galdós en Las Palmas de G.C. (Pablo Serrano, 1969)


Si preguntan ustedes a cualquier canario sobre quien en es su paisano más universal no tengan duda alguna de cual será su respuesta: el escritor Benito Pérez Galdós. Para conmemorar su nacimiento, del que acaban de cumplirse 173 años, voy a ir subiendo al blog a lo largo de los próximos meses su copiosa obra narrativa, que comencé hace unos días con el primero de sus Episodios Nacionales, colección de cuarenta y seis novelas históricas escritas entre 1872 y 1912 que tratan acontecimientos de la historia de España desde 1805 hasta 1880, aproximadamente. Sus argumentos insertan vivencias de personajes ficticios en los acontecimientos históricos de la España del XIX como, por ejemplo, la guerra de la Independencia Española, un periodo que Galdós, aún niño, conoció a través de las narraciones de su padre, que la vivió.

Nacido en Las Palmas de Gran Canaria, en las islas Canarias, el 10 de mayo de 1843 y fallecido en Madrid el 4 de enero de 1920, Benito Pérez Galdós fue un novelista, dramaturgo, cronista y político español, uno de los mejores representantes de la novela realista del siglo XIX y un narrador esencial en la historia de la literatura en lengua española, hasta el punto de ser considerado por especialistas y estudiosos de su obra como el mayor novelista español después de Cervantes. Galdós transformó el panorama novelístico español de la época, apartándose de la corriente romántica en pos del realismo y aportando a la narrativa una gran expresividad y hondura psicológica. En palabras de Max Aub, Galdós, como Lope de Vega, asumió el espectáculo del pueblo llano y con su intuición serena, profunda y total de la realidad, se lo devolvió, como Cervantes, rehecho, artísticamente transformado. De ahí, añade, que desde Lope, ningún escritor fue tan popular ni ninguno tan universal, desde Cervantes. Fue desde 1897 académico de la Real Academia Española y llegó a estar propuesto al Premio Nobel de Literatura en 1912. 

La novela O'Donnell es el quinto título de la cuarta serie de los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós y toma su nombre del general liberal Leopoldo O'Donnell, creador del partido Unión Liberal y una de las figuras políticas más influyentes de la España de mediados del siglo XIX. Si otros episodios narran sucesos militares y políticos o relatan hechos de las clases más favorecidas, el presente se centra en los barrios más pobres de la capital y en la situación de abandono a la que se veían sometidos sus vecinos a causa de los constantes cambios de gobierno. La novela comienza en 1854, con el triunfo de la Vicalvarada, tras la que el general Espartero se hace con el poder, aunque siempre limitado por la rivalidad con Leopoldo O'Donnell, ministro de la Guerra, hasta que este es nombrado presidente del gobierno por la reina Isabel II, convirtiéndose el el gobernante más duradero de la época (1858-1863) y novedoso por la creación del partido Unión Liberal, que monopolizaría la política de ésos años aunando las dos vertientes del liberalismo, la moderada y la progresista. 

Leopoldo O'Donnell (1809-1867) y Juan Negrín (1892-1956) son los dos únicos presidentes del gobierno que Canarias ha dado a España.




Leopoldo O'Donnell



Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt




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[Humor en cápsulas] Para hoy viernes, 24 de marzo de 2017





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Pero también como la actividad profesional que busca la diversión del público mediante chistes, imitaciones, parodias u otros medios. Yo no soy humorista, así que me quedo con la primera acepción, y en la medida de lo posible iré subiendo al blog cada día las viñetas de mis dibujantes favoritos. Las de hoy, con Morgan en Canarias7; Gallego y Rey y Ricardo en El Mundo; El Roto, Forges, Peridis, Ros y Sciammalrella en El País; y Montecruz y Padylla en La Provincia-Diario de Las Palmas. Disfruten de ellas.




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jueves, 23 de marzo de 2017

[A vuelapluma] La reforma de la Constitución





Javier García Fernández, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Complutense de Madrid, planteaba de nuevo hace unos días en un interesante artículo en El País el tema de la reforma de la ConstituciónPara proceder a la revisión del texto, dice en él, es necesaria una negociación específica con los partidos catalanes independentistas pero más complejo todavía resulta el momento que se elija y el grado de consenso parlamentario que se alcance. 

Cuando la vicepresidenta del Gobierno, continúa diciendo, compareció en la Comisión Constitucional del Congreso el pasado 1 de diciembre, la reforma de la Constitución dejó de ser un tabú en el PP. Debemos celebrarlo lamentando que la cuestión no se desbloqueara en la legislatura 2011-2015, cuando pudo hacerse una reforma constitucional serena y con suficiente fuerza parlamentaria. No obstante, el desbloqueo, la reforma constitucional sigue suscitando dudas, especialmente sobre cómo y cuándo debe realizarse.

Antes de hablar del cómo y del cuándo debemos referirnos al para qué, añade. La reforma constitucional se sitúa actualmente en un punto intermedio entre quienes creen que no se debe cambiar nada y quienes quieren abrir un nuevo proceso constituyente como el de 1977-1978. A los primeros se les debe recordar que la Constitución es ante todo una norma jurídica y de la misma manera que es necesario reformar cada cierto tiempo el Código Civil o la Ley Hipotecaria para asegurar la eficacia de estas grandes leyes, la Constitución necesita siempre reformas que aseguren su perdurabilidad como expresión del pacto político del que trae causa. Y a quienes quieren abrir un nuevo proceso constituyente conviene recordarles que el “régimen de 1978” es el período que más democracia y más bienestar ha dado a los españoles en toda su historia constitucional, régimen que posibilita que concurran a las elecciones quienes lo quieren transformar, destruir o banalizar.

Esta posición intermedia, comenta, entre quienes no quieren cambiar nada y quienes quieren cambiar todo, ayuda a entender cuál debe ser el alcance de la reforma. La Constitución tiene Títulos muy bien elaborados como el II (Corona), el IV (Gobierno), el V (relaciones Gobierno-Cortes) y el IX (Tribunal Constitucional), por lo que los cambios, a veces simples retoques, aunque necesarios, no deberían ser numerosos. Otras materias, como los derechos fundamentales, el gobierno del Poder Judicial y la organización territorial, pueden necesitar más cambios. Pero no pensemos que una reforma constitucional comporta abrir en canal la Constitución porque no es necesario y probablemente se perdería parte de su excelente y progresista contenido.

Se abre, pues, el tiempo de la reforma constitucional pero deberíamos aprender de las experiencias pasadas. La reforma que impulsó el Gobierno de Rodríguez Zapatero a partir de 2004 era una reforma sensata y políticamente inocua, asumible por la derecha y por la izquierda. Pero fracasó porque se politizó ab initio y se incluyó en el programa electoral del PSOE y en el programa de gobierno del candidato Rodríguez Zapatero, lo que situó al PP en la cómoda posición de negarle su respaldo y hacerla fracasar. Y también fracasó porque el propio Gobierno renunció a elaborarla y delegó en el Consejo de Estado, que al cabo de casi un año publicó un excelente informe —con trabajos académicos complementarios— pero ofreció demasiado tarde el texto articulado que se necesitaba. De aquel fracaso debería aprenderse, renunciando a crear comisiones de trabajo con llamamiento de expertos, como ya se ha propuesto con cierta ingenuidad, porque el trabajo en comisiones parlamentarias con apoyo de expertos suele conducir al fracaso político por exceso de debate y de lucimiento, cuando no de confrontación. Por el contrario, si se quiere realmente la reforma constitucional, el Gobierno debería nombrar a un secretario de Estado o a un ministro sin cartera sin otra función que la de prepararla discretamente, dialogando con los partidos favorables a la reforma, cerrando temas conflictivos y elaborando un proyecto asumible por unos y otros. De forma discreta, repito, sin publicidad, sin anuncios en las redes sociales y sin dar pie a que cada partido venda sus propuestas como si se tratara de los diez mandamientos. Comprendo que este procedimiento no interese a quienes no hacen otra política que la del espectáculo vano, pero la Constitución es una norma jurídica que se debe reformar con prudencia y sin pretender obtener réditos políticos inmediatos.

Hablar del cómo, continúa más adelante, nos conduce a pensar que se hace precisa la negociación específica con los partidos catalanes independentistas. Porque el objetivo de la reforma ha de ser también cerrar el tema autonómico. No es cierto, como suelen decir algunos políticos catalanes, que el modelo autonómico esté agotado pues muestra su pujanza en muchas comunidades autónomas pero la presión rupturista de algunos partidos catalanes obliga a examinar si es posible una reforma que corte las reivindicaciones independentistas. Por ello la cuestión catalana requiere un tipo de negociación diferente del que se ha de tener con los partidos nacionales y el Gobierno debería hacer un esfuerzo de negociación tan intenso como discreto.

Más complejo se presenta el cuándo de la reforma, comenta. Una posibilidad cómoda hubiera sido acometer la reforma en dos fases, esto es, efectuar relativamente deprisa una reforma parcial conforme al artículo 167 de la Constitución y dejar “congeladas”, para el final de la legislatura, las reformas que pudieran afectar a los derechos fundamentales y a la Corona —la no discriminación en la sucesión y poco más— que exigen disolución de las Cámaras, elecciones y referéndum, conforme al artículo 168 de la Constitución. Pero esa posibilidad ya no es posible porque Podemos ha anunciado que en el supuesto de una reforma parcial exigirá en todo caso referéndum, y puede hacerlo porque dispone de más de treinta y cinco diputados que lo pueden solicitar. Esta intención de Podemos trastoca todas las previsiones pues, dada la inanidad del programa de reforma constitucional de este partido, lo único que seguramente pretende es hacer barullo mediático sin ningún contenido político serio. El tema es demasiado complejo como para entrar en una batalla política adicional por lo que parece prudente concentrar todo en una sola reforma conforme al procedimiento agravado que desemboque, al final de la legislatura, en la disolución de las Cámaras y en el ulterior referéndum.

Por último, concluye el profesor García Fernández, el tema del tiempo de la reforma nos lleva directamente a otra cuestión. Se ha repetido, y es cierto, que una revisión constitucional exige alto grado de consenso. Pero consenso no significa unanimidad. Cuando se reforma una Constitución sin un cambio de régimen, es muy difícil lograr el mismo asenso que cuando se aprueba una Constitución tras una larga dictadura. Quiere ello decir que la reforma constitucional precisa un acuerdo muy amplio pero no habría que preocuparse si algún partido, como Podemos o las nuevas formaciones que están sobre la divisoria unidad/secesión, no apoyaran la reforma pues lo contrario sería condicionar la reforma acordada por los partidos mayoritarios a una minoría populista que busca más el espectáculo que la acción política. Más claro, el agua, añado yo sumándome a su propuesta.






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[Humor en cápsulas] Para hoy jueves, 23 de marzo de 2017





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Pero también como la actividad profesional que busca la diversión del público mediante chistes, imitaciones, parodias u otros medios. Yo no soy humorista, así que me quedo con la primera acepción, y en la medida de lo posible iré subiendo al blog cada día las viñetas de mis dibujantes favoritos. Las de hoy, con Morgan en Canarias7; Gallego y Rey y Ricardo en El Mundo; El Roto, Forges, Peridis, Ros y Sciammalrella en El País; y Montecruz y Padylla en La Provincia-Diario de Las Palmas. Disfruten de ellas.





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miércoles, 22 de marzo de 2017

[De libros y lecturas] Hoy, con "Tomando en serio la Teoría Política", de Isabel Wences





En la presentación de Desde el trópico de Cáncer me permito la licencia de decir que una de mis pasiones confesables es la teoría política. Como mero aprendiz interesado, claro está, porque mis capacidades no dan para mucho más, pero animado siempre por la recomendación de esa gran teórica política que fue Hannah Arendt de que hay que "pensar para comprender y comprender para actuar". De ahí que cuando en septiembre pasado leyera en Revista de Libros el artículo de Josu de Miguel, reseñando el libro Tomando en serio la Teoría Política. Entre las herramientas del zorro y el ingenio del erizo (Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 2015), editado por Isabel Wences, profesora de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid, le dedicara una entrada en el blog y decidiera hacerme con él. 

El libro de Wences recoge veintitrés trabajos realizados por profesores de distintas universidades españolas cuyas líneas de investigación se desarrollan en el marco de la Historia de las Ideas Políticas y de la Teoría Política. Desde distintas perspectivas, el conjunto de estos investigadores reflexiona sobre el quehacer objeto y facetas, acción política y algunas cuestiones relevantes de la actual política democrática de la Teoría Política, cuya importancia se advierte al ser esta no solo la que se encarga de la justicia y de las grandes preguntas, sino también la que proporciona las herramientas para reflexionar y potenciar el pensamiento y la interpretación crítica, otorgar significado a los fenómenos políticos y reflexionar sobre estrategias de acción, intentado demostrar que la teoría política es valiosa y necesaria para el estudio de la política, y que sin ella no podemos comprenderla adecuadamente.

No me resisto a reproducir los primeros párrafos de la presentación que a modo de prólogo hace del libro editado por Wences el también profesor Benigno Pendás, director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales y coautor de uno de los trabajos recogidos en el libro, que se inicia con la afirmación de que todos hablan, escriben, opinan, analizan, pontifican.. Filósofos, economistas, juristas, sociólogos, historiadores, periodistas... Maestros o aprendices, sabios o ignorantes, humildes o (casi todos) prepotentes, los intelectuales de nuestro tiempo traducen su desconcierto en dogmas de fe a la hora de interpretar la Gran Crisis que protagoniza estos años confusos del temprano siglo XXI. Todos, añade, excepto los politólogos y, en particular, los cultivadores de la teoría política. Aquí, dice, seguimos anclados los unos en sus redes empíricas y los otros aburridos de tanto escudriñar la última escolástica sobre Rawls, Habermas o algún que otro habitante del Olimpo. Bajo la inspiración del neoplatónico Kavafis, añade, he hablado hace poco de la Ciudad de las Ideas, con sus grandezas y servidumbres a la hora de afrontar una realidad proteica y deslavazada que nunca se deja reducir a categorías abstractas. O dicho de otro modo, añade, que la fiebre helenística propia del desorden universal exige un sacrificio que nuestro gremio debe aceptar bajo riesgo de caer para siempre en la irrelevancia. 

Con la inspiración inicial de Isabel Wences y de Fernando Vallespín, dice Pendás, este libro nace para saldar en parte la deuda contraída por la Teoría Política a causa de silencio culpable ante la Crisis (con mayúscula hegeliana). Salvo alguna excepción relevante, no hemos estado a la altura de nuestra responsabilidad, encerrados en seminarios, departamentos y publicaciones donde se hacen (más o menos) méritos para acreditaciones oficiales y reconocimientos burocráticos. Lo digo sin rodeos: una actividad estéril a la hora de aportar soluciones políticas a las democracias inquietas de nuestro tiempo y a los líderes desconcertados ante una realidad que supera su capacidad analítica, más bien de plazo corto. Ya sé que necesidad obliga, y que lo primero es vivere... Admito por ello la atenuante, pero me niego a considerar que sea una eximente para las culpas corporativas.

Leído el libro gracias de nuevo a los buenos oficios de la Biblioteca Pública del Estado en Las Palmas, reconozco que, sin menoscabo alguno para los "no-citados", me han gustado mucho más algunos trabajos que otros. Por ejemplo me han resultado de gran interés los redactados por Ramón Vargas-Machuca, Félix Ovejero y Manuel Arias Maldonado, y los recogidos en la tercera parte del libro, dedicada a "Preguntas, diagnóstico y propuestas", sobre todo los los profesores Elena García Guitián, María José Villaverde, Antonio Robles, Vincent Druliolle, y el de la propia editora del libro, la profesora Isabel Wences. Pero sería de agradecer que textos tan enjundiosos e interesantes como estos se intentarán formular en un lenguaje menos académico y más al alcance del común de los mortales, pues como dice el propio Pendás en uno de los trabajos recogidos en el libro: "ni siquiera el polités mejor dispuesto sería capaz de leer la mayoría de los trabajos al uso en este gremio profesional". En cualquier caso, recomiendo su lectura atenta a cualquier interesado en el campo de la teoría política. 

En la página 527 del libro, la editora del mismo, la profesora Isabel Wences, señala que "la teoría política se encarga de identificar, comprender y dilucidar los problemas que aquejan al mundo y articula, mediante una vertiente filosófica, una dimensión normativa, un flanco historiográfico y claves para la acción política, un espacio de reflexión del que germinan fundamentos de posibles soluciones o nuevas alternativas que ayuden a dar respuesta a las complejas tensiones que acompañan a toda convivencia humana. Esto quiere decir que la actividad de la teoría política no está divorciada del conocimiento de la realidad empírica, ni de la investigación basada en la evidencia histórica, y que de esa evidencia deben resultar principios prácticos, pues como dijera tiempo atrás Rafael del Águila, la vocación de la teoría política no es (en realidad nunca fue) vivir al margen del mundo sino intervenir en él".

Poco antes, en la página 485, el profesor de la Universidad de Granada, Antonio Robles Egea, inicia su artículo sobre la corrupción política y las tareas de la teoría política, con unas palabras que no me resisto a transcribir. La teoría política, dice, puede tener varias funciones según la finalidad que aspira a alcanzar. En el plano científico analiza, sintetiza y evalúa las aportaciones teóricas de los autores clásicos y contemporáneos; en el plano académico transmite el conocimiento acumulsado durante siglos y el actual a los estudiantes de la materia; y finalmente, entre otras metas, en el plano social y político, trata de ayudar a los conciudadanos a orientarse en su propio mundo social y político, y darles la oportunidad de acceder a instrumentos conceptuales con los cuales después pueden operar por sí mismos. La teoría política, sigue diciendo (y citando al también profesor Fernando Vallespín), no dicta lo que hay que hacer, sino como abordar los problemas, ubicándolos en un contexto histórico y social específico, y contribuyendo a su dilucidación pública, aguijoneando siempre a los ciudadanos para que no dejen de serlo. No es poca tarea esa, me parece a mí...








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[Humor en cápsulas] Para hoy miércoles, 22 de marzo de 2017





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Pero también como la actividad profesional que busca la diversión del público mediante chistes, imitaciones, parodias u otros medios. Yo no soy humorista, así que me quedo con la primera acepción, y en la medida de lo posible iré subiendo al blog cada día las viñetas de mis dibujantes favoritos. Las de hoy, con Morgan en Canarias7; Gallego y Rey y Ricardo en El Mundo; El Roto, Forges, Peridis, Ros y Sciammalrella en El País; y Montecruz y Padylla en La Provincia-Diario de Las Palmas. Disfruten de ellas. 





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martes, 21 de marzo de 2017

[A vuelapluma] La martingala





Estoy seguro que la mayoría de los amables lectores de Desde el trópico de Cáncer que pasaron ayer por el blog le echaron una ojeada al artículo publicado en la sección Tribuna de prensa, que yo reproducía de El País también de ayer mismo, que recogía la carta abierta del presidente y vicepresidente de la Comunidad Autónoma de Cataluña, los señores Puigdemont y Junqueras, al gobierno del Reino de España. Se titulaba Que gane el diálogo, que la urnas decidan. La respuesta de un portavoz del gobierno no se hacía esperar y la publicaba el mismo diario poco después.

Hace tres semanas el escritor y ensayista Andrés Trapiello (1953) calificaba en un artículo de prensa la actuación de las autoridades catalanas en todo este asunto de martingala, una curiosa expresión que el Diccionario de la Lengua Española califica como "artificio o astucia para engañar a alguien, o para otro fin".

No estaríamos aquí, comenzaba diciendo, si en Cataluña no se hubieran conculcado o aborrecido derechos constitucionales desde hace 30 años. Y si el Estado hubiera sido la mitad de beligerante de lo que lo han sido los Gobiernos nacionalistas.

La fortuna de las metáforas, añadía, depende de su plasticidad, y aunque pocos hayamos visto un choque de trenes, hasta un niño puede llegar a representárselo con asombrosa exactitud. Quizá por ello esta metáfora ha sido recurrente desde hace cinco años en el proceso soberanista catalán, pero no ve uno que esté siendo bien utilizada.

Hay un tren, desde luego, y maquinistas y pasajeros, incluso rehenes, pero no habrá choque de trenes, porque para que fuese así tendría que haber dos trenes, y aquí solo hay uno, continuaba diciendo. Esto no obsta para que ese tren se precipite ciego contra los topes de la estación final, y chocará en breve. De eso no hay duda, y a tenor de la aceleración exponencial, el impacto va a ser de los que hagan época.

¿Y no habría modo de evitar el choque?, se preguntaba Probablemente no, respondía. El primer error de los sucesivos maquinistas de ese tren independentista ha sido creer que los trenes pueden dejar a un lado raíles y trazado y en “una huida hacia delante” reunirse con la Historia, en la Gran Cita. Tampoco sabemos si ha sido error o solo un cálculo interesado presentar al Estado como otro tren, lanzado contra ellos (“España nos roba”, etcétera).. La ventaja para los independentistas de hacer figurar en la escena dos trenes que circulan por la misma vía y en sentido contrario es doble: se hace creer que Cataluña y España son dos formaciones diferentes y soberanas con igualdad de derechos (circular por la misma vía), pero asimétricas (a España, un convoy bastante más poderoso, solo le bastaría la inercia de su marcha para llevarse por delante cualquier obstáculo). Esto les permitiría seguir victimándose, porque es fácil suponer quién llevaría la peor parte en esa colisión, aunque finjan ahogar su melancolía en la metáfora de David y Goliat.

Y aquí es donde entra en escena el supuesto maquinista del tren del Estado, continuaba diciendo, y decimos supuesto porque al no ser el Estado en este proceso ningún tren, el maquinista (Rajoy) viene a ser un fantasma. A él le han acusado los secesionistas no solo de querer arrollar el legítimo tren de la independencia, sino que lo culpan, al propio Rajoy y a todo el Estado, de no haber detenido este mismo tren a tiempo: “de habernos advertido el Tribunal Constitucional de las consecuencias de un referéndum, este no se habría celebrado”, han declarado Artur Mas, Homs y compañía en sede judicial, lo que no les ha impedido proclamar a la salida ante sus secuaces que “volverían a convocarlo”.

La creencia de que Rajoy ha sido y es un estorbo para cualquier solución es un éxito de la propaganda independentista que comparten hoy muchos medios de comunicación no independentistas, la oposición, la práctica totalidad de los catalanes y una considerable mayoría de españoles, decía más adelante. Y es cierto, Rajoy es responsable en parte, pero no en mayor medida que la no menos indolente sociedad en su conjunto. Si Rajoy y todos los demás hubiéramos defendido la Constitución —algo que no tiene la menor relación con el diálogo político—, no estaríamos en este punto. Pero muchos han creído, desde los primeros Gobiernos democráticos hasta el último, desde el gran o pequeño empresario al último de sus empleados, junto a intelectuales, profesionales y demás, que las cosas acabarían arreglándose solas y que los secesionistas llevarían su tren de forma sosegada a una vía muerta, y con esa frivolidad propia de las sociedades irresponsables se ha buscado a quién echar la culpa. Rajoy cree injusto el sambenito, ese disfraz de don Tancredo que le han puesto, pero lo cierto es que no interpreta mal ese papel: hasta veinte veces manifestó que el referéndum del 9-N no se celebraría, y cuando se estaba celebrando, y aun después, trató de hacernos creer que había sido poco menos que un pícnic. Lo cual, dicho sea de paso, les ha proporcionado a los imputados la línea argumental de su defensa. “Si el Estado (Rajoy) decía que era un pícnic, ¿de qué se nos acusa?”.

¿Pero en esta opereta no hay un solo justo? Desde luego que sí, comentaba. Ha habido algunos pocos, en Cataluña varios, que han tratado de asaltar la locomotora y detener al maquinista loco, pero se les han echado encima no solo los fogoneros, sino muchos pasajeros, los famosos voluntarios, con comportamientos sociales a menudo de jauría humana de guante blanco. A las 9 de la mañana del mismo 9 de noviembre, en cuanto se abrieron los colegios electorales, UPyD pidió en un juzgado que se detuviera la consulta. El fiscal lo desestimó por no saber a esa hora, dijo, quién convocaba aquello… y volvió a desestimarlo a mediodía, cuando un Mas ebrio de triunfo apareció por televisión jactándose de ser el único responsable de aquella martingala, al tiempo que retaba a la fiscalía: “la manga riega, que aquí no llega”. Aquel fiscal es, en uno de esos giros que solo tienen cabida en la ficción, el mismo que ha tocado a Mas en el juicio que se ha seguido contra él por los sucesos del 9-N.

Y aquí estamos, seguía diciendo. Si en Cataluña no se hubieran conculcado o aborrecido derechos constitucionales desde hace 30 años en materia de lengua, educación y propaganda, ni transigido con victimaciones políticas de ningún género, ni las corruptas de Pujol, ni las insensatas de Montilla, y se hubiera recordado a los españoles que en un Estado de derecho la falta de libertad e igualdad es lesiva para todos, no estaríamos aquí. Si el Estado hubiera sido la mitad de beligerante que han sido los Gobiernos nacionalistas catalanes, si hubiese sido la mitad de leal para consigo mismo de lo que esos Gobiernos han sido desleales con él, no estaríamos aquí. Si los demócratas hubieran defendido sus derechos constitucionales con la mitad de brío que han puesto los independentistas en atropellarlos, no estaríamos tampoco aquí.

El tren circula ya a la mayor velocidad, añadía, fuera de control. Van en él dos millones (dicen) de independentistas y llevan como rehenes a otros cuatro millones de catalanes. Embestirá los topes (la Constitución) a 1.000 por hora, saltará a los andenes, en una balumba horrísona, y se llevará por delante todo lo que encuentre a su paso hasta que las leyes físicas acaben por reducirlo a la completa y espantosa quietud, en medio de un silencio atronador. Algunos miembros de la CUP —al grito de “¡fuera topes!”— han manifestado que ellos están “dispuestos a todo”, y viven ya anticipadamente ilusionados ese momento.

Mientras la fiesta continúa (en Madrid Mas anunciaba “una tercera vía”, y dos días después en el País Vasco solo una: la independencia), el pálpito de que finalmente nada grave sucederá es general, concluía Trapiello. Incluso se nos viene diciendo de un tiempo a esta parte que muchos independentistas dan por concluida la martingala esquizoide. ¿Tienen algún fundamento tales impresiones, tales barruntos? Sí, parecido al que daba por “imposible de todo punto” el triunfo de Trump el mismo día en que aquel se estaba produciendo. Lamento decir que comparto los temores de Andrés Trapiello.




Andrés Trapiello



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El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Pero también como la actividad profesional que busca la diversión del público mediante chistes, imitaciones, parodias u otros medios. Yo no soy humorista, así que me quedo con la primera acepción, y en la medida de lo posible iré subiendo al blog cada día las viñetas de mis dibujantes favoritos. Las de hoy, con Morgan en Canarias7; Gallego y Rey y Ricardo en El Mundo; El Roto, Forges, Peridis, Ros y Sciammalrella en El País; y Montecruz y Padylla en La Provincia-Diario de Las Palmas. Disfruten de ellas. 





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