jueves, 14 de marzo de 2024

[ARCHIVO DEL BLOG] Sobre el placer de leer y el vicio de pensar. [Publicada el 15/03/2014]











A mi amiga Germana 

Esta entrada de hoy se la dedico a una buena amiga con la que no suelo hablar muy a menudo, pero que cuando lo hacemos nos despachamos a gusto. Vive en Madrid, y hace unos años que no nos vemos. Nos conocimos en Las Palmas, donde ella vivía entonces. Ambos estudiábamos la licenciatura en Historia. En su primer día de clase, el profesor le preguntó su nombre y ella contestó que Germana, y a mí se me escapó algo parecido a "¿Cómo Germana de Foix, la reina de Aragón?" Se sonrojó, no respondió, y comenzó una amistad que perdura a lo largo del tiempo y la distancia desde hace treinta y algunos años. Ayer hablé con ella y lo recordamos...
No es cierto que el orden de los factores no altere el producto. Puede que en matemáticas no los altere; en los demás órdenes de la vida sí que lo hace, y mucho. Y no digamos en política, o en literatura. Acabo de leer en Revista de Libros la crítica que el escritor Sergio Campos hace en el blog Vitrinas del libro de Fernando Savater "Figuraciones mías. Sobre el gozo de leer y el riesgo de pensar" (Ariel, Barcelona, 2013). El propio título del artículo juega con el de libro, pues lleva el de "El gozo de pensar, el riesgo de leer". Pueden leerlo en el enlace de la citada revista. Yo también juego con el orden de las palabras en esta entrada de hoy.
No han tenido mucha fortuna los intelectuales metidos de lleno a la política. Por citar a algunos españoles, el propio Savater. Y más atrás, en el pasado reciente, Manuel Azaña, Ortega y Gasset, Miguel de Unamuno... El papel del intelectual debe ser el de zaherir al "poder" y sacudir de su letargo a la sociedad, no participar en el juego político. Y si miramos en épocas más antiguas vemos a Platón vendido como esclavo; Cicerón, ejecutado; Servet, quemado vivo... Como ni lo soy ni pretendo pasar por ello, por intelectual, prefiero leer. Mi desencanto con los políticos, que no con la política, es total y absoluto; sinceramente, creo que son una casta de parásitos, por otra parte, necesarios a pesar de su incompetencia manifiesta y desvergüenza intrínseca. Si algún lector desea comprender el porqué de expresiones tan duras por mi parte le invito a leer el artículo de esta semana de Elvira Lindo en su blog, titulado "Humillados e indefensos". Así me siento yo también, humillado e indefenso ante este presidente del gobierno autista y quienes le secundan. Sí, de acuerdo que "alguien" tiene que hacer el trabajo sucio que los simples mortales no nos atrevemos a realizar: para eso se inventó la clase política, pero reconozco que es una tremenda conclusión el sentimiento de incapacidad para dirigir para dirigir por nuestro destino colectivo por nosotros mismos.
Tengo sensación de resaca, de ese malestar difuso con que uno se despierta  después de haber bebido en exceso. Pero el caso es yo no bebo: si acaso una copa de vino con la cena; y un dedo (horizontal) de güisqui, a media tarde, y no todos los días. Lo peor es que ya me dura varias semanas, bastante más tiempo del normal, y no le veo salida alguna por el momento. De todas formas no le busquen explicaciones enrevesadas aunque en el texto que sigue parezca que hay alguna clave...
Supongo que han oído hablar ustedes de "Tremé". Es una fascinante serie televisiva que narra las aventuras y desventuras de una serie de personajes que habitan en el barrio de Nueva Orleans que da título a la serie, el más antiguo barrio negro de Estados Unidos, unos meses después del paso del huracán Katrina. Está dirigida por David Simon, y producida por la HBO, probablemente la más afamada productora de series para la televisión. La música de jazz, soul, y de las Brass Bands, las orquestas de metales habituales en los desfiles y funerales que se celebran en la ciudad, omnipresente a lo largo de toda la serie, tiene un protagonismo especial,  y no sólo porque la misma transcurra alrededor de unas personas que se agarran a la música como única y última tabla de salvación tras la catástrofe.
Todos sus personajes resultan fascinantes, pero a mí el que más me encandiló -me siento identificado con él por múltiples razones que no voy a explicitar- es el de Creighton, protagonizado por un obeso y magnífico John Goodman. Creighton es un profesor universitario de Literatura inglesa, que todas las noches, desde su ordenador, lanza por Internet frenéticos mensajes de denuncia sobre la situación que está viviendo su ciudad y la incompetencia de las autoridades locales, estatales y federales para ponerle solución. Su imagen, en el penúltimo capítulo de la primera temporada de la serie (ha tenido cuatro, de duración variable, la última y definitiva de solo cinco capítulos), sentado en la oscuridad de su despacho ante la pantalla iluminada y en blanco de su ordenador, incapaz de teclear algo coherente y de encontrarle el más mínimo sentido a nada, me resultó desoladora, pero muy expresiva. El final, predecible, no lo revelo.
Por eso prefiero disfrutar del placer de la lectura y relegar en la medida de lo posible el funesto vicio de pensar... En estos últimos días he vuelto a la ficción: "El golpe de Estado de Guadalupe Limón" (Salto de Página, Madrid, 2012), de Gonzalo Torrente Ballester; "Antología y voz" (El Buho Viajero, León, 2013), de Juan Pedro Aparicio; y "Mi querido Mijael" (Siruela, Madrid, 2005), de Amos Oz. 
La novela de Torrente Ballester, premio Cervantes 1985, una de las primeras que escribió a principios de los años 40, es una irónica sátira sobre el "poder" que coló a los implacables y obtusos censores del momento gracias a situarla en un república sudamericana imaginaria a los pocos años de su independencia de España. Tan obtusos eran, los censores, que si no "leían" el nombre del "Generalísimo" de forma explicita, no había ofensas a la Santa Madre Iglesia, y no se mostraban excesivos escarceos amorosos, no se daban por aludidos. 
La de Oz, premio Príncipe de Asturias 2007, es un desgarrador alegato sobre el final del amor y el cansancio de la vida en común de una joven pareja de universitarios en la Jerusalén de los años 50, vista desde la perspectiva de la protagonista, en una larga crónica que comienza con esta tremenda confesión de parte: "Escribo porque las personas a las que amaba han muerto. Escribo porque cuando era niña tenía una gran capacidad de amar y ahora esa capacidad de amar está muriendo. Y no quiero morir". 
La obra de Juan Pedro Aparicio, ganador del premio Nadal en 1989, es una antología de pequeños textos seleccionados de entre algunas de sus más afamadas obras. A mí me han cautivado especialmente tres de ellos: los titulados "Cigüeñas en la catedral", "El cielo", y "Casiopea". El primero, un relato mágico que tiene como protagonista la catedral de León y sus cigüeñas; el segundo, el amor por los animales que han formado parte de nuestra vida; y el tercero, la inmensa capacidad de salvación personal que tiene el amor. Espero que los disfruten si se animan a leerlos. Sean felices, por favor. Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt












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